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El Espíritu Santo «os recordará»

Biblia abierta junto a una cruz al amanecer – serie El Espíritu Santo en la Iglesia

Base bíblica: Juan 14:26

El olvido es uno de los peligros más silenciosos de la vida cristiana. No caemos de un día para otro; nos vamos olvidando poco a poco de lo que Dios hizo por nosotros, y con ese olvido se enfría el amor. Por eso una de las funciones más tiernas del Espíritu Santo es esta: «os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

La dolorosa lección de un pueblo que olvidó

La queja del Señor contra Israel en Oseas 8 es muy sentida. El pueblo se olvidó de su Dios; abandonó su pacto y se rebeló contra él (ver Oseas 8:1). Y ese olvido trajo consecuencias graves: «Devorado será Israel; pronto será entre las naciones como vasija que no se estima» (Oseas 8:8). La historia confirmó lo que Dios anunció. Todo comenzó con un olvido. Por eso, en el Nuevo Pacto, el Señor no quiso que se repitiera lo mismo, y estableció por medio de su Espíritu una función precisa: recordar, es decir, rememorar, revivir y hacer presente continuamente su obra en nosotros.

Recordar es revivir, no solo acordarse

Cuando hablamos de «reconocer» la obra de Cristo en nosotros, no se trata simplemente de acordarnos de un dato del pasado. Encierra el sentido de revivir, de evocar continuamente aquello que el Señor trajo a nuestra vida: la salvación. Y esto es una necesidad, no un lujo, porque nuestra naturaleza está inclinada al pecado. Pablo lo describió con crudeza: «porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago» (ver Romanos 7:19). De ahí la necesidad del poder del Espíritu Santo para revivir en nosotros, una y otra vez, la obra de Cristo.

Por qué olvidamos la obra del Señor

La Escritura señala varias causas por las que se nos apaga el recuerdo vivo de lo que Dios hizo. Está el afán y la ansiedad, que nos hacen buscar primero qué comer o qué vestir en lugar del Reino (ver Mateo 6:31-34). Están las pasiones de la carne, frente a las cuales la voluntad de Dios es «vuestra santificación» (1 Tesalonicenses 4:3). Está la incredulidad, contra la que se nos advierte: «Mirad, hermanos, que no haya en ninguno de vosotros corazón malo de incredulidad para apartarse del Dios vivo» (Hebreos 3:12). Están las falsas doctrinas, que llegan cuando la gente «no sufre la sana doctrina» (2 Timoteo 4:3-4). Y están las tentaciones del enemigo, que aprovechan cualquier descuido (ver 1 Timoteo 5:15). Reconocer estas causas es ya empezar a protegernos de ellas.

Las bendiciones de un recuerdo vivo

En cambio, cuando en nosotros permanece vivo y constante el recuerdo de la obra de Cristo, hay bendiciones concretas. Una es la perseverancia con esperanza: «Si somos muertos con él, también viviremos con él; si sufrimos, también reinaremos con él» (2 Timoteo 2:11-12). Otra es entrar en el disfrute pleno de las bendiciones del Nuevo Pacto que Dios prometió: «Pondré mis leyes en la mente de ellos, y sobre su corazón las escribiré… y nunca más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades» (Hebreos 8:10-12). Recordar lo que él hizo nos ancla en lo que él prometió.

Una función que vitaliza el alma

La función del Espíritu Santo de avivar y traer continuamente a la memoria la obra de Cristo es algo que vitaliza el alma y nos lleva a obedecer su voluntad. No es un ejercicio nostálgico; es combustible para la vida diaria. Descuidar este aspecto sería fatal, porque cuando se pierde el recuerdo vivo de lo que Cristo hizo, se pierde también la fuerza que nos hace volver a él.

Quizá hoy sientas el corazón un poco frío, un poco distante. No necesitas una experiencia nueva y espectacular. Necesitas recordar. Pídele al Espíritu Santo que reavive en ti la memoria de aquel día en que Cristo te alcanzó, y verás cómo vuelve el amor. Porque el mismo que te salvó es el que se encarga de que nunca lo olvides.

Con Amor Fraternal — Pastor José Arredondo