Iglesia Unida México

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El Espíritu Santo enseña a la Iglesia

Biblia abierta junto a una cruz al amanecer – serie El Espíritu Santo en la Iglesia

Base bíblica: Juan 14:26-31

Todos hemos conocido personas que saben mucho de la Biblia y, sin embargo, su vida no refleja lo que saben. Y hemos conocido a otras, quizá con menos estudios, cuya cercanía con Dios se percibe apenas hablan. La diferencia no está en la cantidad de información, sino en el Maestro. Porque hay una enseñanza que llega a la mente, y hay otra que llega al corazón. La segunda es obra del Espíritu Santo.

Por qué necesitamos que él nos enseñe

El Señor Jesucristo sabe algo que a veces nosotros olvidamos: el entendimiento humano quedó seriamente afectado por el pecado. Aun con toda nuestra capacidad de razonar, no podemos ver ni comprender por nosotros mismos las cosas que pertenecen al mundo espiritual. Y sin embargo, el interés del Señor es que le conozcamos íntimamente, que sepamos que él está en el Padre, nosotros en él, y él en nosotros (ver Juan 14:20). De esa comunión depende la vida misma: «porque yo vivo, vosotros también viviréis» (Juan 14:19). Por eso el Señor prometió: «el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho» (Juan 14:26).

Una enseñanza que se lleva por dentro

La enseñanza del Espíritu no se reduce a ideas o conceptos. Es algo que se lleva dentro, en el corazón, y que no se borra jamás, ni siquiera en la eternidad. Y hay un detalle consolador: si por alguna causa nuestra mente llegara a olvidar, él, en el momento oportuno, nos «recordará» lo que pertenece al Señor y a la obra que ha hecho en nosotros. La enseñanza divina no depende de nuestra memoria frágil, sino de su fidelidad constante.

La paz como parte de la formación

Junto a la enseñanza, el Señor entrega un regalo: «La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Juan 14:27). Esta paz tiene dos caras. Primero, no es como la del mundo: no es simple tranquilidad, sosiego o ausencia de conflicto. Es su compañía, su virtud, algo que libera de las turbaciones y de los miedos inexplicables del corazón. Y segundo, es una experiencia que nos va formando y adiestrando en la confianza de que él está con nosotros. Por eso el Señor pudo decirles algo que ellos todavía no vivían: «si me amarais, os habríais regocijado, porque he dicho que voy al Padre» (Juan 14:28). La paz del Espíritu es escuela: nos enseña a confiar antes de entender.

Capacitados para enfrentar al enemigo

Jesús añade una palabra de sobriedad: «viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí» (Juan 14:30). En nuestra experiencia con el Señor aprendemos que, aun cuando la voracidad y la maldad del enemigo vengan contra nosotros, el Espíritu Santo nos protege, porque cuando el Señor habita en nuestro corazón, el enemigo «nada tiene» contra nosotros. No es que dejemos de ser atacados; es que dejamos de estar indefensos.

El ejemplo vivo del Maestro

La vida de Jesús en la tierra fue el ejemplo perfecto de lo que el Espíritu puede hacer en nosotros. Aquel que «siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo» (Filipenses 2:6-7), es el mismo que dijo: «las obras que yo hago, él las hará también, y aun mayores hará» (Juan 14:12).

Por eso podemos afirmar con confianza que, si somos llenos de su Espíritu, podemos ser formados conforme a su imagen. Pablo lo entendió y por eso pudo decir sin arrogancia: «Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo» (1 Corintios 11:1), invitándonos también a seguir el ejemplo de quienes así se conducen (Filipenses 3:17).

La verdadera enseñanza del Espíritu Santo no te llena de datos: te forma. Te da paz cuando no entiendes, te protege cuando eres atacado y, poco a poco, va grabando en ti el carácter de Cristo. Esa es la clase de discípulo que el mundo necesita ver.

Con Amor Fraternal — Pastor José Arredondo