Base bíblica: Juan 16:5-11
Nadie llega a Cristo por un buen argumento. Lo digo con respeto por la enseñanza y la apologética, que tienen su lugar, pero con una convicción firme: la conciencia de un ser humano no se rinde ante la elocuencia, sino ante una obra que solo el Espíritu Santo puede realizar. Podemos explicar el evangelio con claridad perfecta y aun así no lograr que un corazón se doble. Eso no está en nuestras manos. Está en las suyas.
Una época de conciencias cauterizadas
Vivimos el tiempo que Pablo advirtió a Timoteo: días en que muchos tendrían la conciencia «cauterizada» por la hipocresía y la mentira (ver 1 Timoteo 4:1-2). «Cauterizada» significa bloqueada, quemada, insensibilizada por el pecado. En un mundo así, ¿quién puede reblandecer un corazón endurecido? El convencimiento que trae el Espíritu Santo es una obra de persuadir, atraer, inclinar y conquistar la voluntad, y en toda su magnitud solo él la realiza. Ezequiel lo anunció: Dios pondría su Espíritu dentro del hombre, para que «andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra» (Ezequiel 36:27). Esa profecía se cumple hoy, cada vez que un corazón es convencido.
Convence de pecado
Jesús lo dijo con precisión: «Y cuando él venga, convencerá al mundo de pecado, de justicia y de juicio. De pecado, por cuanto no creen en mí» (Juan 16:8-9). El pecado, en su raíz, es enemistad con Dios: es que él sea un «extraño» para el ser humano, y que esa distancia se traduzca en «malas obras» contrarias a su voluntad (ver Colosenses 1:21). Lo primero que el hombre necesita en esa condición es reconciliación: hacer las paces, dejar atrás la enemistad. Y esa obra el hombre jamás podría iniciarla por sí mismo; por eso interviene el Espíritu, mostrándonos primero que estábamos lejos.
Convence de justicia
«De justicia, por cuanto voy al Padre, y no me veréis más» (Juan 16:10). El Espíritu trae al corazón la justicia de Cristo: su obra redentora en la cruz y la confianza de que, gracias a ella, él está a la diestra del Padre intercediendo por nosotros. El pecador convencido ya no se afana por fabricar su propia justicia; recibe la de Cristo, y esa justicia empieza a reflejarse en obras conforme a la voluntad de Dios.
Convence de juicio
«Y de juicio, por cuanto el príncipe de este mundo ha sido ya juzgado» (Juan 16:11). Este juicio se refiere a la victoria de Cristo sobre el enemigo, y la Escritura lo describe con fuerza. Por medio de la muerte, Jesús destruyó «al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y librar a todos los que por el temor de la muerte estaban durante toda la vida sujetos a servidumbre» (Hebreos 2:14-15). «Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo» (1 Juan 3:8). Y «despojando a los principados y a las potestades, los exhibió públicamente, triunfando sobre ellos en la cruz» (Colosenses 2:15). El resultado es claro: el poder del enemigo para esclavizar y arruinar la vida ya no tiene efecto sobre los redimidos, porque «ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Juan 12:31).
Por qué nos convenía que él se fuera
La obra del Espíritu Santo es única e invaluable. Solo él nos ha hecho sentir tres realidades que jamás habríamos alcanzado solos: primero, que éramos enemigos de Dios; segundo, el alivio y el descanso perfecto en la justicia de Cristo; y tercero, la seguridad de que ahora somos libres de las cadenas de Satanás.
Por eso Jesús dijo aquello que a los discípulos les costó entender: «Os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré» (Juan 16:7). Nos convenía, porque la presencia del Espíritu en cada creyente, en todo lugar y a toda hora, era mejor que la presencia física de Jesús en un solo sitio. Ahora nos toca a nosotros buscar constantemente permanecer llenos del Espíritu Santo y gozar de este triunfo de Cristo en la cruz. La convicción que despierta a un alma no es un logro de nuestra estrategia; es un milagro de su gracia. Y podemos pedirlo con confianza para quienes amamos.
Con Amor Fraternal — Pastor José Arredondo



