Base bíblica: Juan 14:1-19
Una de las etapas más gloriosas en la historia del ser humano se anunció en una habitación, la noche antes de la cruz, cuando los discípulos estaban confundidos y con el corazón turbado.
Allí Jesús prometió algo que jamás había ocurrido: que el Espíritu Santo vendría a hacer morada en el hombre, para estar siempre con él
(ver Juan 14:16-17).
" Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros".
Algo que nunca había pasado
En el antiguo pacto, el Espíritu de Dios descendía sobre los profetas —Elías, Eliseo, Isaías— en manifestaciones ocasionales, según la necesidad de orientar, exhortar o realizar una obra portentosa.
Eran visitas, no residencia. Pero en el Nuevo Pacto, el Señor anuncia que el Espíritu vendría a quedarse. Y eso significa una presencia que permanece incluso ante nuestra apatía, nuestra ignorancia o nuestro desgano; una presencia que atiende las dudas, la incertidumbre, la falta de fuerzas, y aun las necesidades más básicas de quien le busca con sinceridad.
Es la promesa de Jeremías hecha experiencia cotidiana: "Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces" (Jeremías 33:3).
La certeza de que nunca seremos abandonados
Jesús empieza calmando el corazón: "No se turbe vuestro corazón... voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis" (Juan 14:1-3). A través de su Espíritu, el Señor nos da la certeza de que donde Él está, allí estaremos nosotros. Tenemos un lugar seguro, y tenemos su compañía mientras llegamos a Él.
El camino, cuando no sabemos el camino
Tomás pregunta lo que todos hemos sentido: "no sabemos a dónde vas; ¿cómo, pues, podemos saber el camino?" (Juan 14:5). Y la respuesta de Jesús sigue siendo el centro de todo: "Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí" (Juan 14:6). Él es el camino por su manera de vivir, que estamos llamados a imitar; por su palabra, en la que no hay engaño ni error; y por la vitalidad que solo él puede dar al alma. El Espíritu Santo es quien nos lleva por ese camino día a día.
Conocer al Padre en el Hijo
Cuando Felipe pide ver al Padre, Jesús revela la profunda unidad que existe: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre... ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en mí?" (Juan 14:9-10). Esa identificación se ve en su palabra y en sus obras a favor del hombre (Juan 14:10-11). Conocer al Hijo es conocer al Padre, y el Espíritu es quien nos hace comprender esa relación que de otro modo nos sería inalcanzable.
Una vida vuelta útil para Dios
Entonces viene una promesa asombrosa: "el que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores hará, porque yo voy al Padre" (Juan 14:12). No se trata de exhibicionismo espiritual, sino de una vida transformada que participa de la obra de Dios y tiene acceso a los recursos que el Padre da para glorificar su nombre: "todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre, lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo" (Juan 14:13).
La única condición: amarle
Y llegamos a la puerta de entrada de toda esta morada. La condición para que el Espíritu Santo habite en nosotros es una sola: "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15). Amarle no es un sentimiento vago; el mismo Espíritu nos enseña a amar a la manera de 1 Corintios 13: con paciencia, sin envidia, sin jactancia, sin buscar lo nuestro, sufriéndolo todo, creyéndolo todo, esperándolo todo, soportándolo todo (1 Corintios 13:4-7). Y guardar sus mandamientos no como una carga, sino como los principios que rigen nuestra relación con Dios y con los demás.
Una casa habitada
Todo lo que Jesús describe en Juan 14 son cosas que el hombre, por sí mismo, prácticamente no puede conocer ni alcanzar. Por eso el Espíritu Santo ha hecho morada en la Iglesia: para mantenernos firmes en el conocimiento y en la relación con Él "hasta la redención de la posesión adquirida" (Efesios 1:14). Y lo más hermoso es que la puerta sigue abierta. La promesa no fue para unos cuantos privilegiados: "porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare" (Hechos 2:39).Tu vida puede ser una casa habitada. No un templo vacío que visitas los domingos, sino una morada donde el Espíritu de Dios vive todos los días. Esa es la diferencia entre saber acerca de Dios y caminar con él.
Con Amor Fraternal — Pastor José Arredondo



