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El Espíritu Santo en la Iglesia: por qué su presencia lo cambia todo

Biblia abierta junto a una cruz al amanecer – serie El Espíritu Santo en la Iglesia

Hay una pregunta que muchos creyentes sinceros no se atreven a hacer en voz alta: si de verdad tengo al Espíritu de Dios dentro de mí, ¿por qué a veces mi vida se siente tan igual a la de antes?

No es una pregunta de incredulidad. Es el gemido de un corazón que intuye que fue hecho para algo más profundo. Y la buena noticia con la que quiero abrir esta serie es que ese "algo más" no es una experiencia lejana ni reservada para unos pocos: es precisamente la obra que el Espíritu Santo vino a realizar en la Iglesia, y que sigue realizando hoy, ante nuestros ojos, aunque muchas veces no la reconozcamos.

Pentecostés no fue un espectáculo, fue el inicio de una etapa

Cuando el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, no vino para impresionar a una multitud curiosa que llenaba Jerusalén en tiempo de fiesta. Vino para inaugurar una nueva etapa dentro del plan de Dios para rescatar al ser humano. El profeta Joel lo había anunciado siglos antes: "Y después de esto derramaré mi Espíritu sobre toda carne" (Joel 2:28). Y junto a esa promesa venía una puerta abierta de par en par: "todo aquel que invocare el nombre de Jehová será salvo" (Joel 2:32).

Ese "todo aquel" lo cambia todo. Antes, la presencia manifiesta de Dios reposaba sobre unos pocos —profetas, jueces, reyes— en momentos puntuales. A partir de Pentecostés, Dios extiende su gracia sin restricciones, y el Espíritu Santo se ocupa directamente de la obra más grande que existe: tomar a un ser humano que era "extraño y enemigo en su mente, haciendo malas obras", y presentarlo delante de Dios "santo y sin mancha e irreprensible" (Colosenses 1:21-22). Esta es una obra que ningún hombre puede hacer por su propia fuerza ni por sus méritos. Es obra del Espíritu Santo.

Tres grandes descensos de Dios a la tierra

Conviene mirar el panorama completo para entender dónde estamos parados. La historia de la redención ha tenido tres momentos gloriosos en los que el Dios trino —Padre, Hijo y Espíritu Santo— descendió a esta tierra para intervenir de manera directa.

El Padre descendió en el monte Sinaí, para señalar al ser humano los límites que no debía transgredir, y así no vivir en rebeldía delante de Él (Éxodo 19:3; 20:1-17). El Hijo descendió tomando un cuerpo humano para habitar entre nosotros y mostrarnos su gloria: "Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros" (Juan 1:14), aquel a quien se llamaría Emanuel, "Dios con nosotros" (Mateo 1:23).

Y el Espíritu Santo descendió el día de Pentecostés, y desde entonces hasta hoy no se ha ido: su obra sigue desarrollándose en el seno de la Iglesia, redimida por la sangre del Cordero.

Sigue siendo un misterio la manera exacta en que el hombre es transformado. Nosotros solo somos testigos de que la obra es real, y sabemos que continuará: seremos "transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor" (2 Corintios 3:18), hasta llegar a ser conforme a la imagen de Jesucristo.

Un Espíritu que actúa todos los días

Cuando el Señor prometió al Espíritu Santo, usó verbos que describen acciones continuas: estará con vosotros, os enseñará, os recordará, convencerá al mundo, os guiará a toda la verdad, me glorificará (ver Juan 14:16-26; 16:8-14). Ninguno de esos verbos describe un evento aislado.

Todos hablan de una presencia diaria y constante, disponible para ayudarnos en cualquier situación, con un solo fin: llevar a buen término el propósito para el que fuimos llamados. Y la única condición que el Señor puso es tan sencilla como profunda: "Si me amáis, guardad mis mandamientos" (Juan 14:15).

La Iglesia del primer siglo tenía esta conciencia profundamente arraigada. Se colocaba sin reservas bajo la dirección del Espíritu Santo; no existía un área de la vida donde su autoridad no fuera reconocida. Su presencia era palpable y continua. Con el tiempo, ese estilo de vida fue decayendo, a medida que ganaban terreno las formas y las liturgias prefijadas, y la Iglesia empezó a dejarse llevar por el "deber ser" más que por la consulta, la relación y la vivencia real del Espíritu.

La pregunta que abre esta serie

Y aquí llegamos a la pregunta que da sentido a todo lo que veremos en las próximas publicaciones: ¿será posible restaurar esa relación? ¿Podemos volver a vivir bajo la dirección consciente y cotidiana del Espíritu Santo, y no solo bajo un cristianismo de reglas o religioso?

Creo con todo el corazón que sí. Y creo que ese es, en el fondo, el camino hacia la madurez que Dios anhela para cada uno de nosotros. En los ocho temas que siguen recorreremos, uno a uno, los grandes ministerios del Espíritu Santo en la vida de la Iglesia: cómo nos hace competentes para el Nuevo Pacto, cómo hace morada en nosotros, cómo nos enseña, convence, guía, nos hace recordar, nos guarda del mal y nos forma como testigos de Cristo. No se trata de acumular información sobre el Espíritu. Se trata de aprender a caminar con él. Porque una cosa es creer que el Espíritu Santo existe, y otra muy distinta es vivir cada día reconociendo su presencia, escuchando su voz y dejándonos transformar por él. A eso te invito en esta serie.

Con Amor Fraternal — Pastor José Arredondo